[OPINIÓN] “Es la (recuperación de la) economía (para todos, no sólo para los ricos), estúpido”


La “prosperidad económica” de la que gozan los más ricos del planeta aparece en el centro de los cuestionamientos y de las explicaciones de la desigualdad en el mundo. Que un multimillonario como Warren Buffett lo haya reconocido es un paso (, y sólo uno, aunque uno) importante hacia el combate de estos desequilibrios. (por Diego Corbalán)

En la Argentina lo llamamos con el neologismo de sincericidio. Es esa honestidad brutal que esgrime un sujeto, reconociendo sus propias debilidades o la de su grupo de pertenencia.

El sujeto en cuestión es un multimillonario. Es además un filántropo que levantó el dedo para quejarse. No porque los Estados quieran ir por su fortuna o la de sus colegas multimillonarios.

Warren Buffett, de él se trata, cargó contra los propios millonarios. ¿Qué dijo? Que esto de tener un mundo partido en dos bloques, entre los que más tienen, un puñado de hombres y mujeres, y los que menos poseen, millones de ellos, es culpa de la acumulación desmedida que hacen los propios magnates de todo pelaje. Toda una confesión de partes y un posible relevo de pruebas.

La advertencia de Warren Buffett no es una crítica frontal a los millonarios. Aunque es un llamado de atención. El presidente ejecutivo del holding Berkshire Hathaway advirtió que “el verdadero problema es que la prosperidad ha sido increíble para la gente extremadamente rica“.

Buffett habla desde su condición de norteamericano, viviendo en un país que viene creciendo modestamente al 2 por ciento anual. Sin embargo, advirtió que “no todos los estadounidenses la están pasando bien“ pese a este crecimiento.

Es decir, hubo un gran prosperidad para ricos y otra más exigua para el resto de los mortales. Dos bonanzas distintas. En supuestas condiciones de igualdad, los que largaron con la camiseta de multimillonarios ganaron la carrera por varios cuerpos antes los otros, que llegaron también a la meta, pero varias horas después.

Si uno se posa en un análisis conciliador (aunque cómplice de los que amasan riquezas) podría decirse que el sistema es muy generoso, ya que permite que todos lleguen al final de la carrera. El problema es en qué condiciones arriban al final de la competencia.

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Warren Buffett tiene una fortuna estimada en 75.600 millones de dólares. Con ese dinero, este filántropo, por ejemplo, podría cancelar toda la deuda externa de Filipinas o saldar la deuda de Vietnam y encima sobrarle algunos millones de dólares.

Buffett compone el lote del famoso y egocéntrico del “1%”. Uno por ciento es un concepto promovido especialmente por el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz. El economista y ex miembro de la cúpula del Banco Mundial viene al frente de una cruzada en la que denuncia este camino dramático del mundo hacia el crecimiento y construcción de un muro invisibles a los ojos humanos, pero palpable en los bolsillos de la económico y en la calidad de vida social. Es la brecha de la desigualdad entre los más ricos y los que menos poseen.

El magnate Warren Buffett recordó que hace 35 años (cuando la revista Forbes publicó su primer listado de los más ricos), las 400 personas nombradas tenían 93.000 millones de dólares). Esa cifra hoy hay que multiplicarla por 25. Resulta que el puñado de los ultra-ricos del mundo, hoy, acumulan fortunas por un total de 2,4 billones de dólares (si, si, billones, con “b”). Con esa plata, hoy, esos magnates de abultadas fortunas podrían cancelar, por ejemplo, toda la deuda de España.

“Esta ha sido una prosperidad desproporcionada que recompensó a los que están en la cima”, lamentó y criticó el millonario. Ante este escenario, Warren Buffett señaló que el modelo económico debe cuidar a aquellos que no beneficia. ¿Qué quiso decir? Que lo que la economía capitalista rompe lo debe reparar alguien, probablemente el Estado. Discutible mirada sobre la desigualdad, pero no menos interesante de analizar.

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Ahora bien, traslademos este escenario de violentas desigualdades económicas a territorio criollo, a nuestra querida y agrietada Argentina.

Recientemente, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) puso en números la crueldad de la desigualdad nuestra. Con datos oficiales (y restablecidos luego de la manipulación estadística del kirchnerismo), el organismo midió que la mitad de los argentinos que tiene ingresos percibe un dinero que no le permite zafar de la pobreza. Es decir, percibe 10.000 pesos por mes (poco más de 600 dólares).

El INDEC se refiere a la mitad de la población con ingresos salariales formales o informales, jubilaciones, pensiones, honorarios, rentas, prestaciones sociales o incluso “changas”. Estamos hablando de 12 millones de personas sobre un total de 24 millones que tienen algún ingreso personal. Son millones que, por más que trabajen, siguen siendo pobres. No logran comprar una canasta básica para su familia.

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Con estos y otros números de una argentina de ingresos magros, poder adquisitivo en deterioro y despidos laborales, tenemos suficientes elementos para entender al menos un poco más el contexto de protestas sociales que hoy vuelve a vivir con dolor nuestra Argentina, más allá del oportunismo político de quienes las promueven. Hablo de marchas y reclamos de múltiples sectores sociales de ingresos más bajos que medios. Son hombres y mujeres que hoy reclaman, se movilizan y hasta cortan calles.

Pero que quede claro: estos sectores sociales no son los gurkas del Grupo de Tareas Violentas de Quebracho. Esos nada tienen que ver con el drama social de millones de argentinos. Los violentos que vimos desplegarse esta semana en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires más bien quisieron adueñarse de una legítima protesta social.

Sé y comprendo que a muchos se les hace agua la boca al ver el accionar policial como el que vimos en la céntrica avenida porteña. Les pido permiso para decirles que, a mi, me da pena. Da pena porque la violencia, a muchos, no nos seduce, no nos genera ningún regocijo.

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Sin meternos en la polémica por represión sí o represión no pensemos qué tipo de recuperación económica necesita nuestro país. Porque de lo que se trata es de promover un crecimiento económico que lleve soluciones a los sectores más castigados, incluso desde antes del gobierno de Cambiemos.

¿Lo lograremos con una recuperación de brotes verdes aislados pero concentrados en sectores que ya tienen sus ingresos y sus prosperidades? Justamente eso es lo que el magnate Warren Buffett advierte que no contribuye en nada a un mundo de igualdades. La recuperación que hoy necesita el país es una que empiece por la reanimación de los sectores productivos medianos y pequeños.

Pedirles a ellos y al conjunto de la economía de menor escala (tanto formal como informal) que abran sus bocas mirando hacia arriba esperando que empiece a llover el elixir de la recuperación productiva de los grandes jugadores de la economía es hablar, por otros medios, de teoría del derrame. Solicitarle a los sectores económicos más modestos que esperen las precipitaciones de la recuperación por el reverdecer financiero de los bonos de todo color y duración… eso también es derrame.

Escuchemos un poco más a los desclasados como Warren Buffett. Este y otros multimillonarios saben que el dinero no se hace de a paladas sin prebendas y favores de muchos pero especialmente del Estado. De eso se trata lo que llama como la “prosperidad desproporcionada” (Si se observa con detenimiento del mapa del dinero del escándalo continental de Odebrecht, podría ver no solo a los pagadores de coimas y los receptores de las mismas. También se pueden divisar en los márgenes del mismo a aquellos que amasan fortunas personales con dinero público, prebendario. Esos no se hacen visibles en la trama de corrupción más amplia y grave de la historia de la región latinoamericana, pero son parte beneficiaria de ella). Es cierto: Lo del magnate Buffett puede sonar a hipocresía: él ya llegó a la cima de la riqueza y desde arriba reconoce que subió por una escalera privilegiada.

Tal vez lo que Warren Buffett nos quiso decir (y tal vez ni él lo sepa) es que el mundo al que aspiramos será el que, justamente, no tenga un puñado de ricos aburridos y culpables de sus ganancias. Pero por algo se empieza; y es el Estado el que debe generar condiciones de igualdad ante las oportunidades económicas.

Que los multimillonarios se empiecen a dar cuenta de que lo suyo no es bueno, es algo relativamente novedoso que alimenta esperanzas de cambio. Así le pasó a los monarcas de siglos pasados, cuando veían sus que riquezas eran cada vez más cuestionadas por sus súbditos. La diferencia entre aquellos reyes y reinas y los ricos y ricas de hoy es que, por entonces, el pueblo sabía que ninguno de ellos llegaría a ponerse la corona. El capitalismo, en cambio, nos hizo creer que podíamos alcanzar ese logro, con esfuerzo pero con reconocimiento. Ese sueño hoy es inalcanzable.

Y tampoco es un anhelo en si para millones de personas en todo el mundo que, como quien escribe, creemos que la riqueza a cualquier precio es pobreza ética para un mundo cada vez más degradado en sus bases morales.

(*) director de ADN argentino