[OPINIÓN] En busca de la “vacuna” contra la contaminación del mundo


Graves problemas actuales por resolver de manera urgente, como la proliferación del plástico en el ambiente, nos invitan a pensar en soluciones colectivas partiendo de exitosas experiencias tomadas de la salud pública. (por Diego Corbalán)

Desde hace mucho tiempo, el mundo está buscando ponerse de acuerdo sobre qué hacer con el calentamiento global. Desde hace más de 20 años los indicios científicos dan cuenta de una suba de las temperaturas globales que podría transformarnos en un verdadero horno. No hacer nada al respecto significaría someter al mundo a altas temperaturas.

Y salirse de estos compromisos como el Acuerdo de París de 2015 sería retomar la senda hacia el precipicio medioambiental. Así lo dijo y lo advirtió el prestigioso científico Stephen Hawkings, al ser consultado por la prensa sobre la decisión de Donald Trump de abandonar el acuerdo de París.

Estamos cerca del punto de inflexión a partir del cual el calentamiento global se vuelve irreversible. Las acciones de Trump podrían hacer que la Tierra cruce ese umbral para convertirse en Venus, con una temperatura de 250ºC y lluvias de ácido sulfúrico.
Al negar la evidencia del cambio climático y retirarse del acuerdo de París, Donald Trump causará un daño ambiental evitable a nuestro hermoso planeta, poniendo en peligro a la naturaleza, para nosotros y nuestros hijos.
Ya no caben dudas (salvo en la cabeza de Donald Trump y sus acólitos ) de que hay hacer algo con nuestro mundo. Pero no sólo alcanza con compromisos políticos en torno a la emisión de gases contaminantes. También tenemos que hablar de los desechos sólidos, especialmente los plásticos.
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Desde hace ya varios y largos años, los científicos vienen advirtiendo sobre la acumulación de plástico en distintos rincones del mundo. Son islas a la deriva que, como consecuencia de las distintas corrientes marítimas, se van formando en los océanos. Una formación en particular está en el Pacífico Norte. Es una gran isla de sopa plástica que flota a medio camino entre América del Norte y Asía. Esta y otras formaciones plásticas son una amenaza real para la vida marina. ¿Por qué?

Estos continentes de plástico concentran cada vez material de ese tipo que no llega a degradarse, En cambio, este material se va pulverizando como consecuencia de los rayos solares: ese plástico se va haciendo cada vez más pequeño en tamaño hasta terminar ingresando en peces y aves que toman su alimento contaminado con esas partículas. Si estos desechos y otros acumulados por el mundo no son tratados, la salud pública mundial podría estar en serios problemas, ya que los humanos nos alimentamos de muchas de esas especies.

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A propósito de esta alarma, dos científicos plantearon una solución. Son Nils Simon y Lili Fuhr.

Antes que nada afirman que este plástico acumulado en varios puntos del planeta constituye la muestra cabal de la influencia del hombre, nociva por cierto, en el destino del planeta. Por eso coinciden con la comunidad científica en llamar a esta era como la del Antropoceno por el hecho de que, finalmente (y no afortunadamente) la especie humana terminó torciendo el destino del mundo por su propia acción irresponsable.

Por año, se producen en todo el mundo unas 322 millones de toneladas. Simon y Fuhr advierten que, si no hacemos algo concreto, mucho más decisivo que el Acuerdo de París de 2015, el plástico en el mundo se podría cuadruplicar para 2050.

La pregunta es por qué la industria a nivel global produce toneladas de plástico. Las respuestas son dos.
  • Porque es barato de hacer.
  • Porque el plástico es descartable.

La industria produce algo a bajo costo que luego no tiene por qué retirar de nuestros domicilios. Bajo costo por donde lo miren. Al menos este fue así hasta ahora, momento en el que, afortunadamente, la industria del plástico pareciera empezar a asumir algún compromiso al respecto.

Cada año terminan en el océano hasta 13 millones de toneladas de desechos plásticos. Los científicos Nils Simon y Lili Furh advierten que para 2050 puede en los océanos que haya más plástico que peces.

La magnitud del problema de la proliferación de plástico descartado en el ambiente hace que no sea de fácil solución. No alcanzará con la buena voluntad de los gobiernos. Y tampoco de nosotros mismos, reciclando en nuestras casas. Los científicos ponen la mirada en la propia industria.

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La propuesta tiene una definición: que pague el que contamina. La industria tiene que ser parte de la solución. El sector factura unos 750 000 millones de dólares al año. De esos fondos bien podría salir un aporte para llevar soluciones.

Y acá es donde planteamos un concepto muy conocido en el mundo de las ciencias sociales. Es el de la solidaridad. Hablamos del aporte individual para una causa colectiva. Una contribución que, además, debe ser duradera en la forma y en el tiempo.

Necesitamos solidaridad en todo sentido. Porque que separemos nuestros reciclables en casa, los lavemos y los arrojemos en el tacho correspondiente puede sonar a poco, a muy poco si seguimos produciendo productos que serán letales para el ambiente.

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En este punto, me parece oportuno hacer una comparación con el reciente debate sobre la vacunación obligatoria de la población. El proyecto de una diputada oficialista de Cambiemos encendió las alarmas de la medicina sanitaria. Advierten que, aquí también, prima el concepto de solidaridad.

Numerosos especialistas en temas de inmunidad salieron al cruce de esta polémica propuesta. Señalan que no se puede pensar en un sistema de salud inmunizado sin que la gran mayoría de las personas tengan sus vacunas aplicadas.

La médica e investigadora Romina Libster fue una de las voces más enérgicas y lúcidas para explicar este mecanismo denominado de “inmunidad colectiva”:

Cuando nos vacunamos nos estamos protegiendo no sólo a nosotros sino que ayudamos a bloquear la diseminación de la enfermedad entre la porción de la población no vacunada. Este escudo protector se llama inmunidad colectiva.

Maravilloso concepto de la ciencia médica que nos llevamos al campo de lo social: “Inmunidad colectiva”. Un anticuerpo generalizado no permite que un virus se propague entre nosotros. Todos vacunados, somos más que nosotros individualmente sumados al otro, porque protegemos a un tercero.

¡Basta para mi, basta para todos! Me queda claro lo que tenemos que hacer. ¡La solidaridad es la clave! Tanto sea por la contaminación del ambiente como por la salud, la solución es con compromiso colectivo.

Pero la tarea no será sencilla. Incluso logrando niveles mínimos de consenso sobre estas necesidades, deberemos lidiar con la siempre ocupada agenda pública (cargada de discusiones de un interés, de mínima, cuestionable), muchas veces monopolizada por la dirigencia política.

¿Y cómo podremos hacer para instalar estos temas en el debate público y conminar a la política para que los haga suyos?

Un interrogante para el que no tengo respuesta. Pero, si quieren, la buscamos entre todos.

(*) director de ADN argentino