Por la crisis, los ancianos españoles buscan compartir su vivienda para bajar gastos


La moda forzada por la retracción económica se extiende por ese país. El miedo a la soledad y la necesidad de hacer frente a la baja de las pensiones.

Compartir piso ha dejado de ser una necesidad propia de la gente joven y se erige, con el paso de los años, como una opción a tener en cuenta también por parte de la población mayor. La cada vez más acuciante crisis económica y las vías para combatir la soledad han hecho que la opción de compartir piso a cualquier edad gane adeptos, algo anecdótico hace tan sólo unos años. 

Personas con pensiones bajas, con ingresos económicos precarios, o que no cuentan con el respaldo de una familia que les pueda mantener, son los principales beneficiarios de una opción que también ven con buenos ojos ciudadanos que, por los motivos vitales que sea, se han quedado solos y prefieren compartir su vida con gente que tenga sus mismas realidades, antes que ir a una residencia. La necesidad de compartir no es nueva, hay entidades sociales como Fundació Llars Compartidesprogramas como Viure i Conviure de la Fundació Catalunya-La Pedrera, que ya llevan años trabajando en un tipo de proyecto que pone en contacto a gente mayor sola con jóvenes para que vivan juntos y aúnen necesidades. La nueva realidad social, marcada de cerca por el contexto económico, ha dado alas a iniciativas sociales como la que plantea la Fundación Llars Compartides, que pone en contacto a personas mayores con una pensión baja o en riesgo de exclusión social para que convivan en un hogar compartido con otros compañeros de su generación en busca de una mejora de su calidad de vida. Actualmente, la fundación cuenta con 13 voluntarios que coordinan a los 32 residentes inscritos, aunque ya tienen a otras 27 personas en lista de espera.

Desde el gobierno se congratulan de iniciativas sociales como esta, que consideran necesarias para que las personas mayores que se encuentran en riesgo de exclusión social se aproximen, aunque señalan como condicionante principal que el interés de la persona mayor esté por encima de cualquier consideración. En este sentido, el secretario de Família de la Generalitat, Ramon Terrassa, alerta de que “compartir un piso no es lo mismo que visitar dos o tres veces por semana a una persona, por lo que hay unos requisitos previos muy importantes como aclarar expectativas y normas para que no se den problemas, ni haya prejuicios por parte de ninguna de las partes". Terrassa destaca que, todavía hoy, la soledad es la causa principal por la que la gente mayor decide compartir piso, sea con la fórmula que sea, y por encima de las dificultades económicas: “Es un colectivo que, a pesar de las nuevas dificultades que se han planteado, mantiene una cierta estabilidad en su poder adquisitivo, aunque sea bajo”. 

La fórmula de personas mayores compartiendo piso va a más, y entidades sociales referentes en el sector como Amics de la Gent Gran reconocen que hay personas que ya se han interesado por ella: “No es una demanda masiva, pero sí que hay gente, tanto entre la que nosotros atendemos como otros ciudadanos, que ya nos han preguntado si llevábamos a cabo este tipo de intercambio”, señala Albert Quiles, director del área social de la entidad. Quiles cree que esta iniciativa “es muy positiva porque responde a diferentes problemáticas, como las dificultades económicas de la gente mayor con pensiones muy bajas, evita la soledad, los beneficiarios ganan en capacidad de decisión y libertad, y crea lazos y vínculos muy interesantes con personas de una misma edad”. 

La socióloga experta en vejez y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), Maria Pi, cree que esta iniciativa social no es sólo factible, sino que viable, aunque añade matices: “No se puede esperar a ser mayor de 90 años, tienen que ser personas con salud y que no sean dependientes, y se tiene que hacer de una manera tutelada y voluntaria, ya que las personas mayores son muy reservadas, y suelen temer a que les invadan su espacio”. Para Pi “la convivencia es compleja a cualquier edad, pero ellos lo viven de diferente manera ya que tienen una vida con mucha experiencias y algunas pueden ser negativas, cosa que genera recelo y desconfianza”. La socióloga también cree que “si ha existido una amistad durante toda la vida hay muchísimas más cosas a compartir y la relación es más fácil. Si no conoces a la otra persona, esta relación en gente mayor es más difícil que se pueda dar”. 

El gerente de Llars Compartides, Andreu Rovirosa, explica que esta iniciativa social “no cuenta con personal asalariado, y son los voluntarios los que se encargan de llevar a cabo las tareas de desarrollo del programa: la gestión social de los residentes y la gestión inmobiliaria de cada hogar. Los propios usuarios financian una parte del coste del alquiler y de los servicios comunes de los hogares, mientras que la Fundación se encarga del resto de gastos y de buscar subvenciones de otras entidades”. Los servicios sociales son los que elaboran la selección de solicitudes, la gestión de la lista de espera y el registro de datos. “Con esta iniciativa buscamos soluciones al problema de la soledad en la vejez y al peligro de entrar en la pobreza o la exclusión social por tener como ingreso único una pensión muy baja”, explica Rovirosa, que aclara que “las personas a las que va dirigido el programa viven solas y no tienen relación o soporte familiar, aunque están bien de salud y no son dependientes”. Para el responsable de la entidad, “estas dos cosas son necesarias para compartir unas relaciones sociales que tienen que evitar sentirse solo o caer en una baja autoestima y pasividad durante esta etapa”. 

Los efectos de la crisis

La crisis económica no está afectando sólo a las personas activas en el mercado de trabajo, sino que también está incidiendo negativamente al colectivo de las personas mayores. Según el último estudio de la Cruz Roja que gradúa el impacto de la crisis entre este colectivo, más de un 68% de los encuestados (la muestra es de 588 personas) han manifestado que la crisis les ha afectado en mayor o menor grado, mientras que un 24% asegura que les ha afectado mucho o bastante. Pero hay un dato todavía más revelador: el 28% de la muestra consultada asegura haber necesitado de algún soporte externo para hacer alguna actividad de su vida diaria, o bien la ha tenido que asumir algún familiar. 

El hecho de que cada vez vivamos más años depara situaciones cada vez menos anecdóticas, como que los hijos vuelvan a vivir con sus padres a una edad ya muy avanzada. En este sentido, es probable encontrar relaciones de pisos compartidos entre personas mayores con los mismos lazos de sangre. La cuarta edad o la gran vejez, son personas con más de 90 años y que, en ocasiones, vuelven a compartir piso con sus hijos, e incluso con sus nietos. Una situación que para la socióloga Maria Pi implica un desgaste muy fuerte: “Son hijos o hijas de 60 años viviendo con madres o padres de más de 90 años. Es una situación complicada porque son personas que deberían de ser cuidadas, pero siguen siendo ellos los que cuidan a sus familiares. Estas personas pierden en calidad de vida y acaban agotadas”. Desde algunas de las asociaciones sociales destinadas a la gente mayor también alertan que cada vez hay más abuelos que se ven en la necesidad de mantener a sus hijos e hijas, incluso nietos, después de que estos se hayan quedado sin trabajo. En este sentido, compartir piso puede ser un mal menor para abaratar costes mientras se busca una salida a esta situación.

fuente: La Vanguardia