Debate: el control de Internet bajo la hegemonía de los Estados Unidos

El control de Internet hegemonizado por los Estados Unidos pone en debate el rol de los demás estados en la gobernanza de la Web. Dicho monopolio del control global norteamericano transforma a los gobiernos en meras empresas comerciales que reclaman un lugar en la toma de decisiones de la Internet global.

En Le Monde de Diplomatique, edición Cono Sur, Dan Schiller describe el escenario actual sobre el dominio estadounidense sobre el control de Internet y los reclamos del resto de los países por tener un lugar en dicha gobernanza.

Desde las relaciones comerciales entre los servicios de Internet y las grandes redes de telecomunicaciones a la supervisión de la red informática mundial, los debates entre Estados respecto de la “libertad” de la web y la tutela de EE.UU. sobre su integración a la economía capitalista transnacional están al rojo vivo.

La geopolítica de Internet, que por lo general se halla circunscrita a acuerdos comerciales entre operadores, se instaló recientemente en la agenda pública. Del 3 al 14 de diciembre de 2012, los 193 Estados miembros de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT, un organismo afiliado a Naciones Unidas) se dieron cita en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, para celebrar la XII Conferencia Mundial de Telecomunicaciones Internacionales. Un encuentro donde los diplomáticos –asesorados por el sector industrial– forjan acuerdos para facilitar las comunicaciones por cable y por satélite. Estas reuniones son largas y tediosas pero también cruciales, debido al papel determinante de las redes en el funcionamiento diario de la economía global. 

La principal controversia en la cumbre giró en torno a Internet: ¿debía la UIT asumir responsabilidades en la supervisión de la red informática mundial, como las que tiene desde hace años en las otras formas de comunicación internacional? 

Estados Unidos respondió con un firme y contundente “no”, y así el nuevo tratado renunció a conferirle el menor papel a la UIT en la llamada “gobernanza global de Internet”. Sin embargo, la mayoría de los países aprobaron una resolución anexa que invitaba a los Estados miembros “a exponer en detalle sus respectivas posiciones sobre las cuestiones internacionales técnicas, de desarrollo y de políticas públicas relacionadas con Internet”. Aunque es “simbólico”, como señala The New York Times, este esbozo de vigilancia global se topó con la postura intransigente de la delegación estadounidense, que se negó a firmar el tratado y se fue dando un portazo de la conferencia, seguida entre otros por Francia, Alemania, Japón, India, Kenia, Colombia, Canadá y el Reino Unido. Sin embargo, 89 de los 151 participantes decidieron aprobar el documento. Y otros podrían firmarlo más adelante. 

La mayor parte de los servicios, de las unidades de cálculo y de los datos disponibles en Internet no se almacenan en la computadora del usuario, sino en estos edificios protegidos con seguridad llenos de equipamiento elctrónico y conectados a muy alta velocidad a los otros nodos de la red, llamados data centers.

Oda a la “libre circulación”

¿Cómo es que estos acontecimientos aparentemente abstrusos adquieren importancia? Para aclarar estas cuestiones, primero hace falta disipar la densa nube retórica en torno al asunto. Desde hace varios meses, los medios de comunicación occidentales venían presentando la conferencia en Dubai como la sede de un conflicto histórico entre los partidarios de una Internet abierta, respetuosa de la libertad, y los adeptos de la censura, encarnados por Estados autoritarios como Rusia, Irán y China. El marco del debate estaba planteado en términos tan maniqueos que Franco Bernabè, director de Telecom Italia y presidente de la asociación de operadores de telefonía móvil GSMA, denunció una “propaganda de guerra” a la cual achacó el fracaso del tratado. 

La libertad de expresión no es un tema menor. Dondequiera que uno viva, no faltan razones para temer que la relativa apertura de Internet sea corrompida, manipulada o parasitada. Pero la amenaza no proviene solamente de los ejércitos de censores o de la “gran muralla electrónica” erigida en Irán o China. En Estados Unidos, por ejemplo, los centros de escucha de la Agencia de Seguridad Nacional (National Security Agency, NSA) vigilan el conjunto de las comunicaciones electrónicas que pasan a través de cables y satélites estadounidenses. El mayor centro de cibervigilancia del mundo se encuentra actualmente en construcción en Bluffdale, en el desierto de Utah. Washington persigue a WikiLeaks con determinación feroz. Pero son compañías estadounidenses como Facebook y Google las que transformaron la web en una “máquina de vigilancia” que absorbe todos los datos comercialmente explotables sobre el comportamiento de los usuarios. 

Desde la década de 1970, la “libre circulación de la información” (free flow of information) constituye uno de los pilares oficiales de la política exterior de Estados Unidos: en un contexto de Guerra Fría y fin de la descolonización, dicha política fue presentada como un faro que iluminaba el camino de la emancipación democrática. Hoy permite reformular intereses estratégicos y económicos apremiantes en el lenguaje seductor de los derechos humanos universales. “Libertad de Internet”, “libertad de conexión”: estas expresiones, sobre las que insistían la ex secretaria de Estado Hillary Clinton y los ejecutivos de Google antes de las negociaciones, es la versión modernizada de la oda a la “libre circulación”. 

En Dubai, los debates abarcaron una miríada de áreas transversales. En el programa se incluía la cuestión de las relaciones comerciales entre los diversos servicios de Internet, como Google, y las grandes redes de telecomunicaciones, como Verizon, Deutsche Telekom y Orange, que transportan estos voluminosos flujos de datos. El tema, crucial por sus aspectos comerciales, también lo es por la amenaza que plantea sobre la neutralidad de Internet, es decir, el principio de igualdad de trato de todos los intercambios en la red, independientemente de las fuentes, los destinatarios y el contenido. El gesto de Xavier Niel, director de Free, que a principios de enero de 2013 decidió atacar los ingresos publicitarios de Google mediante el bloqueo de sus anuncios, ilustra estos desafíos. Una declaración general que imponga a los proveedores de contenidos pagarles a los operadores de red podría tener graves consecuencias sobre la neutralidad de la red, una garantía fundamental para la libertad de los usuarios. 


Supremacía estadounidense

Pero la confrontación que marcó la conferencia se centró en un tema muy distinto: ¿quién tiene el poder de controlar la integración continua de Internet en la economía capitalista transnacional? Hasta ahora, este poder incumbe principalmente a Washington. En la década de 1990, cuando Internet explotó a escala planetaria, Estados Unidos desplegó grandes esfuerzos para institucionalizar su dominio sobre la gestión de la red. De hecho, la web requiere para su funcionamiento que los nombres de dominio (del tipo “.com”), las direcciones digitales y los identificadores de redes estén asignados de manera distintiva y coherente. Ello implica la existencia de un poder institucional capaz de garantizar esas funciones, y cuyas prerrogativas se extienden, como consecuencia, a la totalidad de un sistema que sin embargo es extraterritorial por naturaleza. Aprovechando esta ambigüedad original, Estados Unidos confió la gestión de los dominios a una agencia creada por ellos, la Internet Assigned Numbers Authority (IANA). Vinculada por contrato con el Departamento de Comercio, la IANA opera en calidad de miembro de una asociación californiana de derecho privado, la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN), cuya misión consiste en “preservar la estabilidad operacional de Internet”. En cuanto a los estándares técnicos, son establecidos por otras dos agencias estadounidenses, la Internet Engineering Task Force (IETF) y la Internet Architecture Board (IAB), a su vez integradas a otra organización sin fines de lucro, la Internet Society. En vista de su composición y su financiación, no es de extrañar que estas organizaciones presten un oído más atento a los intereses de Estados Unidos que a las demandas de los usuarios. 

Los sitios comerciales más prósperos del planeta no pertenecen a capitales keniatas o mexicanos, ni siquiera chinos o rusos. La actual transición hacia la “computación en nube” (cloud computing), cuyos actores principales son los estadounidenses, debería aumentar aun más la dependencia de la red respecto de Estados Unidos. El desequilibrio estructural del control de Internet asegura la supremacía estadounidense en el ciberespacio, tanto en el plano comercial como en el militar, dejando a otros países poco margen para regular, bloquear o flexibilizar el sistema de acuerdo con sus propios intereses. A través de diversas medidas técnicas y legislativas, cada Estado es capaz de ejercer cierto grado de soberanía sobre la rama “nacional” de la red, pero bajo la atenta supervisión del gendarme mundial. Desde este punto de vista, como ha señalado el académico Milton Mueller, Internet es una herramienta al servicio de “la política estadounidense de globalismo unilateral”. 

Su función de gestor le permitió a Estados Unidos difundir el dogma de la propiedad privada desde el corazón del desarrollo de Internet. Aunque dotada, en principio, de cierta autonomía, la ICANN se destacó por los favores extraterritoriales concedidos a los titulares de marcas comerciales declaradas. A pesar de las protestas, varias organizaciones sin fines de lucro, aunque representadas en la institución, no pudieron hacer de contrapeso a empresas como Coca-Cola y Procter & Gamble. La ICANN invoca el derecho de negocios para imponer sus reglas a los organismos que administran los dominios de primer nivel superior (como “.org” o “.info”). Si bien los proveedores nacionales de aplicaciones controlan el mercado nacional en varios países, principalmente Rusia, China y Corea del Sur, los servicios de Internet transnacionales –a la vez los más rentables y los más estratégicos en este sistema extraterritorial– siguen siendo fortificaciones estadounidenses, desde Amazon hasta Paypal pasando por Apple, construidas con capital estadounidense y adosadas al gobierno de Estados Unidos. 


Rechazo al unilateralismo digital

Desde los primeros días de Internet, varios países se han resistido a su situación de subordinación. La proliferación de pistas que indican que Estados Unidos no tenía ninguna intención de aflojar su tenaza ha ido ampliando el frente del descontento. Estas tensiones terminaron provocando una serie de reuniones al más alto nivel, especialmente en el marco de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (CMSI), organizada por la UIT en Ginebra y Túnez entre 2003 y 2005. 

Al ofrecer un foro para los Estados que están frustrados por no tener voz ni voto, estas reuniones prefiguraron el choque de Dubai. Reunidos en un Comité Asesor Gubernamental (Governmental Advisory Committee, GAC), unos treinta países tenían la esperanza de persuadir a la ICANN de compartir parte de sus prerrogativas. Pero la esperanza pronto se vio frustrada, sobre todo porque su situación dentro del GAC ponía a estos países en el mismo nivel que empresas comerciales y organizaciones civiles. Algunos Estados habrían podido acomodarse a esta peculiaridad si, a pesar del discurso edificante sobre la diversidad y el pluralismo, la evidencia no se hubiera impuesto en términos tan absolutos: la gobernanza mundial de Internet es cualquier cosa menos igualitaria y pluralista, y el Poder Ejecutivo estadounidense no pretende renunciar en nada a su monopolio. 

El fin de la era unipolar y la crisis mundial de 2009 atizaron aun más el conflicto interestatal sobre la economía política del ciberespacio. Los gobiernos siempre están en busca de alguna grieta por donde introducir un principio de coordinación en la gestión de la red. En 2010 y 2011, cuando se renovó el contrato entre la IANA y el Departamento de Comercio de Estados Unidos, varios Estados apelaron directamente a Washington. El gobierno de Kenia, en particular, pidió una “transición” de la tutela estadounidense a un régimen de cooperación multilateral, a través de una “globalización” de los contratos que rigen la superestructura institucional que regula los nombres de dominio y direcciones IP. India, México, Egipto y China hicieron propuestas en la misma dirección. 

La respuesta de Estados Unidos a esta pequeña rebelión fue reforzar la retórica de la “libertad de Internet”. Nadie duda de que intensificaron su lobby bilateral con el fin de traer al redil a algunos países no alineados. Como prueba, el golpe de efecto de Dubai: India y Kenia se acogieron prudentemente a la presión de Washington. 

¿Cuál será la etapa siguiente? Las agencias gubernamentales de Estados Unidos y los actores más importantes del cibercapitalismo, como Google, seguramente seguirán usando todo su poder para reforzar la posición central de Estados Unidos y desacreditar a sus oponentes. Pero la oposición política al “unilateralismo global” de Estados Unidos está y seguirá estando abierta. A tal punto que, después de Dubai, un columnista de The Wall Street Journal no dudó en mencionar “la primera gran derrota digital de Estados Unidos”. 

fuente: El Diplo