Jóvenes educados y sin empleo, a la vanguardia de la rebelión popular en el mundo árabe

Viven con sus padres, se juntan en los cafés, se comunican con sus amigos por Facebook, estudian en sus ratos libres, escuchan a los raperos locales y pierden las esperanzas con respecto a conseguir alguna vez un buen trabajo y empezar una familia. La gente joven a la vanguardia de las protestas que arrasan el mundo árabe son una demografía exasperada, los más afortunados adheridos a trabajos mal pagos que odian, los desafortunados a la caza de títulos que no los llevan a ninguna parte, una generación completa amordazada por la tradición, la deferencia y el autoritarismo.

Desde las primeras protestas que empezaron en el Magreb después que un joven tunecino marginal se prendiera fuego en diciembre pasado, hasta la confrontación en la Plaza Tahrir en El Cairo, los jóvenes fuero el alma de la revuelta. Las crudas estadísticas hablan por sí solas: más de la mitad de los 350 millones de árabes en el mundo tiene menos de 30 años . Entre ellos la gran mayoría tiene escasas oportunidades de encontrar un buen trabajo o de construir un futuro próspero. La tasa de desempleo de la juventud alcanza el 80% en algunas regiones. Pocos son los que pueden viajar; emigrar no es más que un sueño frustrante.

Rime Allaf, un experta en Chatham House, explica: “La gente joven está atrapada. Es una gran dificultad, más aún cuando el resto del mundo no es muy receptivo a los árabes. ¿Adónde irán? Es un círculo vicioso. Están atrapados allí donde están. El desempleo tiene dos dígitos en gran parte del mundo árabe. Son pocas las oportunidades de prosperar y las cosas empeoran con la corrupción. Los déspotas que han gobernado sus feudos han hecho poco por ellos”.

El problema mayor es la falta de empleos. En sus clases privadas de inglés en Damasco, la semana pasada Selma, 23, y sus compañeras de clase hicieron presentaciones sobre las perspectivas de trabajos. La lección fue muy discutida.

“Para nosotros es imposible continuar aquí; no hay oportunidades ”, dice Selma, aspirando con fuerza su cigarrillo en un patio en Damasco. “Quiero irme; quiero emigrar a Canadá”.

Vestida con jeans apretados, con un corte de pelo cuidado y maquillada, Selma es un personaje característico de una juventud urbana ambiciosa de Damasco. Vive en casa de sus padres después de terminar con su novio y está decidida a independizarse. Pero después de trabajar en turnos nocturnos de 13 horas como enfermera, ganando nada más que 9.000 libras sirias (200 dólares) mensuales, es pesimista con respecto a su futuro.

“Trabajo duro aquí para nada. Quiero hacer una maestría, pero aquí los títulos no los valoran, los cursos no sirven para nada”.

A casi 4.000 kilómetros de distancia, en una cafetería de un barrio humilde en Rabat, la capital de Marruecos, Rachid Chaoui siente las mismas frustraciones. Este joven de 25 años será arqueólogo y sus amigos se consuelan entre ellos: 7 años de universidad y no aparece ningún empleo . “Así que seguimos estudiando y cuando tenemos que protestar, lo hacemos frente al Congreso”, dice.

Una mano enguantada esconde un hueso fracturado por un policía en una protesta que llegó a las puertas del complejo real amurallado, el centro de poder principal de Marruecos.

La casa de Chaoui es una minúscula habitación alquilada, fría y húmeda. “ No es lo que uno sueña cuando está estudiando ”, dice su amiga Charifa. La licencia de postgrado en biología que ella tiene tampoco le ha permitido trabajar en un país en que, de cada cinco personas de 25 años, una está desempleada. “Y para las mujeres es peor ”, dice. “En esta etapa tu familia piensa que ya deberías estar casada y no estar buscando trabajo en una ciudad lejos de tu casa”.

Menos tangible que la falta de empleos, pero no menos importante, es la sensación de sórdida opresión, la aniquilación de la creatividad, la energía y la represión de la libertad. En Túnez, Ghazi Megdiche dice que el impacto psicológico de dos décadas de represión caló hondo. “Lo que nos definió no fue la falta de perspectivas de empleo, sino la ausencia de la más básica de las libertades: poder ser adolescente en un estado policial”, dice Megdiche.

“Era una tensión sin tregua: siempre con los nervios crispados, con temor, vivíamos al límite todos los días. Cualquier cosa que hacías, eras observado. No podías hablar de política ni en tu propia casa. Si un chico joven salía para orar, lo levantaba la policía. Sí salías un sábado a la noche, había que salir con más dinero por si te paraba la policía.

Hasta mis padres en casa solían hablar susurrando . No conocíamos a nuestros vecinos, nunca nos saludábamos en la entrada por miedo de que nos espiaran o que hubiera informantes. No confiabas en nadie”. Megdiche trabajó brevemente en un negocio. Como la mayoría de los jóvenes tunecinos, es seguidor del cantante de rap local, Balti, y el grupo de hip-hop under que aludía a los horrores psicológicos de la vida bajo una policía secreta de África del Norte. En el negocio, Megdiche y algunos amigos fueron censurados de internet por bajar parte de la cobertura de la guerra de Irak. Policías de civil lo arrestaron por ser sospechoso de probable-terrorista-musulmán-planeando la jihad. “Jamás en mi vida recé. Pero así y todo –dijo– me tuvieron dos días en un centro de detención”.

fuente: clarin.com