Con la salida de la crisis, la gente se divorcia más

“Se podría decir que en 2010 cada dos matrimonios hay un divorcio en la Ciudad”, afirma Viviana Koffman, abogada especialista en derecho de familia. “En 2001 hubo 6.400 divorcios en Capital. Actualmente el promedio es de alrededor de 8 mil divorcios anuales y la cifra es aun mayor en la provincia de Buenos Aires”, agrega. Un aumento del 25 por ciento.

Según los datos aportados por los registros civiles provinciales, la tendencia general del resto de las provincias es de un divorcio cada tres matrimonios. Es decir, existe en la mayoría de las provincias un aumento en el número de rupturas conyugales pero el aumento es aún mayor en Capital. Y algo similar sucede con los matrimonios: se registra en las provincias un descenso, aunque no se trata de una caída tan grande como en la Ciudad de Buenos Aires. En Mendoza, por ejemplo, hubo 1.390 divorcios en 1999 y 1.830 en 2009, mientras que los matrimonios pasaron de 8.374 a 6.790 en el mismo período.

Al margen de esta tendencia, hay provincias donde se registró un mínimo descenso en la cantidad de divorcios. En la provincia de Santa Fe, por ejemplo, en 2007 hubo 5.916 y en 2009 la cifra bajó a 5.211.
Mientras tanto, los matrimonios son cada vez menos.

Según el Informe sobre Género y Derechos Humanos en Argentina, publicado por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), “a partir de la década del sesenta en la Argentina se registra una tendencia progresiva hacia el aumento de rupturas voluntarias de las uniones conyugales”.

¿Qué cambió en estas décadas desde el punto de vista de la gestión del trámite de divorcio? ¿Es hoy en día el trámite para divorciarse más fácil?

“La gente se divorcia porque no tiene más remedio. Pero los tribunales están cada vez peor”, opina el abogado Leonardo J. Glikin, presidente del Instituto de Planificación Financiera del CAPS, desde donde asesora en términos patrimoniales sobre la decisión de casarse o divorciarse. “Son cada vez más las personas que se quieren divorciar. Todo está cada vez más lento y más imprevisible. Salvo honrosas excepciones de algunos jueces, el servicio de justicia no está bien en Capital y Gran Buenos Aires”, agrega Glikin, también director del website Buen Divorcio. El trámite es lento pero, según el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, lo que está desapareciendo es el estigma al divorciado y la sanción moral de la sociedad. El informe dice: “…La insatisfacción personal, la pérdida de interés o la falta de amor son causas suficientes para considerar la ruptura conyugal como una alternativa válida y viable, gracias a la desaparición progresiva de la estigmatización y la sanción moral hacia quienes optan por la separación”.

Novios viejos y divorciados jóvenes. “Cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación es la velocidad”, dice en su libro Amor líquido el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, citando al filósofo Ralph Waldo Emerson.
Así parecen entenderlo los flamantes divorciados que abandonan su matrimonio al poco tiempo de haberlo contraído.

Los datos surgen de tendencias registradas en juzgados porteños. Las parejas que se divorcian ahora llevan menos años de matrimonio, son más jóvenes y tienen hijos chicos. Incluso, muchas parejas esperan hasta cumplir los tres años obligatorios que fija la ley para obtener el divorcio.

“Hoy el promedio de matrimonio se redujo a la mitad, las parejas que se divorcian no superan los diez años juntos y sus edades oscilan entre los 35 y 45 años. Es decir, se casan más grandes, duran menos y son aún jóvenes al divorciarse. Es la tendencia que se ve”, afirma a PERFIL la abogada Viviana Koffman.

Sobre todo las estadísticas porteñas, dan cuenta que en los últimos ocho años la gente se casa menos entre los 20 y 25 años mientras crece el número de los que lo hacen pasados los 30.

¿Por qué hay menos matrimonios? ¿Por qué las parejas duran poco? Según los especialistas, son muchos los factores que contribuyen a que estas uniones se concreten después de los 30 y se disuelvan después de pocos años.

“Es un dato significativo. En todo el mundo está pasando lo mismo”, afirma el psicólogo Pedro Herscovici, terapeuta familiar y de pareja y director de Tesis, un instituto que se dedica a la terapia familiar. “La gente demora en casarse porque, desde el punto de vista económico y cultural, tiene otras prioridades. Muchas personas desean mantener cierto nivel de vida y eso implica cierto nivel de ingreso y desarrollo profesional”, opina Herscovici, también miembro de la Asociación de Psicoterapia Sistémica de Buenos Aires.

Las necesidades de consumo y el sucesivo cambio en el modelo familiar son dos variables claves en esta transformación. “En la medida en que avanzan las necesidades de consumo, la mujer entra a trabajar para lograr satisfacerlas. Al desear más desarrollo profesional y personal el matrimonio queda postergado”, concluye Herscovici.

Claudia Messing, terapeuta vincular-familiar, analiza la situación desde los modelos de crianza de las personas que hoy rondan los 30 años. “A partir de los años 60 se da un cambio en los vínculos familiares, se deja el modelo patriarcal y los padres comienzan a ser más afectuosos con sus hijos, generando una relación más simétrica con ellos”, explica Messing, también co-directora de la Organización Vincular y directora de la escuela de posgrado en Orientación Vocacional Vincular-Familiar.

Con este nuevo modelo de crianza, el hijo no internaliza la jerarquía ni reconoce el modelo de padres. “En esta simetría el hijo es el centro del mundo, necesita ser reconocido por el otro, es más narcisista y le cuesta mucho más la diferencia con el otro. La intolerancia a la frustración es mucho mayor, hay una mayor dificultad para la comunicación y una necesidad de inmediatez. Eso se traslada al matrimonio”, opina Messing. “No existe la idea de proceso. Las cosas se quieren ahora. Se acabaron los mandatos de percibir, de luchar. Así es como se sustituye todo con mucho mayor rapidez”, concluye.

Vivamos juntos. Frente a esta denominada crisis del matrimonio como institución, la realidad es que se siguen formando familias. Son parejas que deciden compartir el mismo techo sin pasar ni por la fiesta ni por la Iglesia ni por el Registro Civil.

Desde hace varias décadas se viene registrando en todo el país un aumento de las parejas que conviven sin papeles. Según autoridades del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el porcentaje de parejas en concubinato pasó de representar el 7% en 1960 al 18% en 1990 y, finalmente, al 27% en 2001.

“Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas. Casi nunca hay una congregación como testigo (…) Uno pide menos, se conforma con menos y por lo tanto hay una hipoteca menor para pagar (…) todas las opciones siguen abiertas”; así describe el atractivo de vivir juntos sin papeles Zygmunt Bauman en Amor líquido.

“Las personas no renuncian a formar una familia, pero las modalidades son diferentes y hay mucha más dificultad para mantenerlas”, opina.

fuente: diarioperfil.com.ar